El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el lunes 10 de agosto es el peor de este siglo, según el Servicio Geológico Nacional.
Además de Cali, dejó destrucción y muerte en otras regiones como el Chocó, en el noroeste.
En torno a los restos de las Torres del Limonar, a diferencia de Gallego, muchos vecinos optan por no hablar. Están visiblemente afectados.
Algunos duermen exhaustos en el suelo o en un sofá colocado en la calle. Otros se reúnen bajo la sombra para apoyarse.
Las horas se hacen largas, cada vez más, y la angustia crece.
Velasco ofrece esperanza.
«En el pasado participé en operaciones en las que sacamos a supervivientes después de siete días atrapados».
«Aquellos que están destinados a sobrevivir, sobreviven. No hay nada escrito», añade.
«Quería ayudar desde el principio.»
En medio de su angustia, Gallego quiere reconocer el trabajo de los ciudadanos de a pie.
«Hay que mencionar a toda la gente que ha venido a ayudar con agua, suministros, herramientas, equipos; hay mucha colaboración. Los voluntarios sobran», afirma.
Alejandro Mahecha, de 19 años, es uno de esos voluntarios. Decidió venir después de pasar la noche sano y salvo con su familia y superar el shock inicial.
«Quería ayudar desde el principio. El terremoto afectó a mi ciudad y a las casas de gente que conozco. Vine a este lugar porque se hablaba mucho de este edificio y de la necesidad de ayuda aquí», explica el joven.
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