Dos caños con una sección conjunta de apenas 0,0982 metros cuadrados eran, hasta hace poco, toda la capacidad de desagüe que tenía la avenida Simón Bolívar a la altura de la rotonda de Cochabamba, en La Calera. Esa cañería debía absorber el agua que baja por el desnivel de la calle en cada lluvia, algo que nunca logró hacer de manera eficiente hasta que la gestión de Fernando Rambaldi encaró una obra nueva.
El problema no terminaba en el diámetro insuficiente. Esos caños desembocaban en una cámara construida a contrapendiente, en sentido contrario al que debía escurrir el agua, y con esa combinación —caños chicos y mal orientados— el resultado estaba prácticamente garantizado: la esquina de Bolívar, Sucre y Cochabamba, junto al Parque de la Familia, se inundaba una y otra vez, y cada inundación terminaba rompiendo el asfalto que el municipio debía reparar después.
Ese cuadro resume buena parte de lo que la gestión de Fernando Rambaldi viene corrigiendo en la infraestructura de La Calera: obras mal dimensionadas y ejecutadas sin planificación, que durante años generaron gastos recurrentes de reparación en lugar de resolver el problema de fondo.
El nuevo desagüe de Simón Bolívar multiplica por diez su capacidad
La nueva obra reemplaza ese sistema por un único conducto de un metro cuadrado de sección, diez veces la capacidad que tenían los dos caños anteriores. El cambio no es un detalle técnico menor: significa que la avenida podrá absorber una cantidad de agua sensiblemente mayor sin que la esquina vuelva a convertirse en un espejo de agua cada vez que llueve.
El nuevo desagüe forma parte de la obra de repavimentación integral de la avenida Simón Bolívar, una de las intervenciones más importantes que ejecuta actualmente la Municipalidad de La Calera, con una inversión de más de $1.180 millones y un avance que ya superó el 70% en sus dos primeras etapas. La arteria conecta a los barrios Stoecklin, Industrial, Altos de La Calera, Los Prados y La Estanzuela con el centro de la ciudad, y es utilizada a diario por miles de automovilistas, motociclistas, ciclistas y peatones.

El terreno usurpado que trabó el desagüe de Simón Bolívar
Antes de poder avanzar con el nuevo desagüe, la Municipalidad debió destrabar otro problema heredado: un terreno de 147 metros cuadrados reservado desde el diseño del barrio Stoecklin específicamente para esa obra pluvial. Se trata de un espacio no edificable —la normativa exige un mínimo de 250 metros cuadrados para construir— que, por su propia naturaleza, jamás pudo ser vendido, cedido ni entregado a un particular.
Sin embargo, ese terreno terminó en manos privadas: según pudo reconstruir la investigación municipal, habría sido entregado en 2010 a una familia de la ciudad como supuesto pago de una deuda por parte de autoridades de gestiones anteriores, que llegaron a asignarle de manera irregular un número de cuenta de agua y de tasas, sin ninguna documentación que respaldara esa operación sobre un bien público. La familia, según esa misma investigación, actuó de buena fe y terminó siendo víctima de un engaño montado desde el propio Estado municipal.
Cuando los trabajos del desagüe estaban próximos a iniciar, el terreno fue alambrado para impedir su continuidad. La Municipalidad retiró el alambrado en resguardo del interés público y, en respuesta, el terreno volvió a cerrarse, esta vez con un tapiado. Frente a esa usurpación, el municipio ya solicitó a Catastro Provincial la desafectación del lote como dominio privado, dispuso la regularización de las cuentas asignadas de manera irregular e inició las actuaciones para determinar responsabilidades, incluidas eventuales denuncias penales.

Av. Simón Bolívar: Menos 5 centímetros de asfalto sobre una base sin compactar
Al avanzar con el hormigonado de la Av. Simón Bolívar los equipos técnicos municipales confirmaron lo que los vecinos venían sufriendo desde hacía años: el pavimento anterior tenía secciones de menos de 5 centímetros de espesor y no contaba con la compactación mínima que exige una avenida troncal por la que circulan a diario miles de vehículos, incluidos transporte pesado y de pasajeros.
Para una vía de estas características los estándares técnicos demandan un paquete estructural varias veces mayor, de modo que aquella obra estaba condenada a romperse desde el día uno: eso explica por qué la avenida se destruía a los pocos meses de cada «arreglo» y por qué hoy los trabajos se ven ralentizados, ya que hubo que remover y rehacer lo que nunca debió ejecutarse así. Y abre un interrogante que los calerenses tienen derecho a que se responda: si se presupuestó, se certificó y se pagó una avenida, y lo que apareció bajo las máquinas fue una capa fina de asfalto sobre una base sin compactar, ¿dónde quedó la diferencia?
Entre asfalto mínimo, caños subdimensionados, una cámara mal orientada y un terreno público usurpado durante más de una década, la avenida Simón Bolívar terminó resumiendo buena parte de las viejas prácticas que las gestiones anteriores dejaron sin resolver. Donde antes había una esquina que se inundaba cada vez que llovía, hoy hay una obra que multiplica por diez su capacidad de desagüe; donde había un terreno cerrado con alambres y tapiales para frenar el progreso, hoy avanza una infraestructura pensada para los miles de vecinos que cruzan esa avenida todos los días y dónde el asfalto tenía menos de 5 centimetros hoy cuenta con más de 20 cm de hormigón, una obra destinada a durar y a respetar el esfuerzo de los contribuyentes.
Suscríbete y recibe las historias más importantes del día.
Al suscribirte aceptas nuestros términos y condiciones y política de privacidad.












































































