Sobre una gran e inestable montaña de hormigón, hierro y polvo, decenas de personas retiran escombros con la esperanza de encontrar supervivientes o cadáveres.
De repente todo se detiene. Hay gritos, gente corriendo, abrazándose. Un rescatista cree oír una voz bajo los escombros.
«Dios mío, gracias», grita una mujer. «¿En realidad?» pregunta otro, incrédulo.
La esperanzadora noticia corre rápidamente por las Residencias Mariola y Maribel, cerca de una playa de La Guaira que antes de los sismos del miércoles estaba llena de gente disfrutando del sol.
De las dos torres del complejo sólo una sigue en pie, aunque está inclinada y parece que podría derrumbarse en cualquier momento. El otro parece haber sido tragado por la tierra.
Varios rescatistas corren hacia la carretera y hacen señales para que se apaguen los motores, que se detengan las grúas y que se silencien los taladros. El ruido se va apagando poco a poco y los socorristas trepan entre los escombros, se arrodillan e inclinan la cabeza.
«Por favor, déjanos escuchar. ¡No hagas ruido! Parece que hay alguien aquí», grita uno desde arriba. El mensaje – «Shhh… silencio, por favor» – se repite en cadena.
La gente contiene la respiración, una de las pocas formas en que pueden ayudar. Hay esperanzas de que se pueda rescatar a un superviviente. El sábado, 33 personas fueron encontradas con vida, pero el optimismo ha ido menguando con cada hora que pasa.
«Di algo para que te escuchemos, por favor», grita alguien desesperado a un destinatario desconocido, escondido bajo toneladas de hormigón. «¡Somos un equipo de rescate!»
Éstas son las únicas palabras que rompen un silencio que se ha vuelto casi sagrado. Durante 10 minutos el tiempo parece haberse detenido.
No sale ningún sonido de los escombros y los profesionales declaran una falsa alarma. Los rostros cambian dramáticamente.
Los vecinos han alertado a los equipos profesionales cercanos. Llegan en cuestión de minutos, pero se van con la misma rapidez.
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