En el lenguaje oficial, la palabra pesa tanto como la obra misma. El sábado, el Ejecutivo llamó «inauguración» a la entrega del Hospital Municipal Hacienda Estrella. Pero la propia nota de prensa del Servicio Nacional de Salud (SNS) es clara: se trató de un remozamiento y ampliación, no de una construcción desde sus cimientos. La distinción no es semántica menor. Despertar Matinal se pregunta por qué la comunicación gubernamental insiste en el verbo «inaugurar» —reservado culturalmente para lo que nace— cuando la obra real consistió en renovar, reforzar y ampliar una infraestructura que ya existía y ya prestaba servicio.
Qué se hizo realmente en Hacienda Estrella
Según el propio SNS, los trabajos incluyeron el remozamiento de las áreas de farmacia, vacunación, consultorios especializados, quirófano, sala de partos, recuperación, internamiento, laboratorio, rayos X, sonografía, enfermería y espacios administrativos. Adicionalmente, se construyó una nueva área de Emergencia, con triaje, consultorios de medicina general, pediatría y ginecología.
Es decir: el hospital ya existía y ya operaba en Hacienda Estrella antes de esta intervención. Lo que cambió fue el estado físico de sus áreas —renovadas— y la incorporación de una nueva ala de Emergencia. La inversión declarada por el SNS asciende a RD$103.7 millones, y el proyecto se enmarca en una estrategia que, según el director ejecutivo del SNS, Julio César Landrón, ya suma 116 centros de salud remozados a nivel nacional durante la actual gestión.
El uso reiterado del término «inauguración» en estos actos —cuando la obra descrita es en realidad una remodelación— no es un hecho aislado. Es un patrón comunicacional que Despertar Matinal ha identificado en múltiples entregas similares durante este segundo período del oficialismo, iniciado en agosto de 2024, y que merece ser cuestionado con el mismo rigor que cualquier otra cifra de gestión.
La política del lenguaje en la obra pública
Llamar «inauguración» a un remozamiento no es un error inocente de redacción. Es una decisión comunicacional que maximiza el impacto simbólico del acto frente a una audiencia que, al escuchar «inaugurar», tiende a asociar la palabra con algo que no existía antes. El verbo construye una percepción de creación donde en realidad hubo renovación, y esa diferencia tiene consecuencias directas sobre cómo la ciudadanía evalúa el uso de fondos públicos.
Si el Estado remodela una infraestructura ya en funcionamiento, el ejercicio comparativo correcto no es «cuántos hospitales nuevos se construyeron», sino «en qué condición estaba esta infraestructura antes de la intervención, y qué tan urgente o postergada era su renovación«. Sin ese punto de comparación —que el discurso oficial no ofreció durante el acto— resulta imposible determinar si los RD$103.7 millones invertidos representan una mejora sustancial o simplemente el mantenimiento que cualquier infraestructura pública requiere con el paso del tiempo.
Este patrón se repite en la cifra de 116 centros remozados: si una parte significativa de esos centros corresponde también a remodelaciones —y no a construcciones nuevas—, entonces el relato de «modernización histórica de la red hospitalaria» merece matizarse. No es lo mismo construir infraestructura donde no existía, que renovar la que ya estaba en pie. Ambas acciones son legítimas y necesarias, pero solo una constituye, en sentido estricto, una «inauguración».
Profundiza en el debate político dominicano con nuestra cobertura independiente:
Ver noticias nacionales Análisis político completoLa ausencia de esa precisión en el discurso oficial —y su sustitución por un lenguaje que evoca creación antes que mantenimiento— es exactamente el tipo de imprecisión que el periodismo crítico está llamado a señalar, no por pedantería lingüística, sino porque el lenguaje institucional moldea cómo la ciudadanía mide el desempeño de quienes gobiernan.
Que un hospital reciba mantenimiento, renovación y una nueva ala de Emergencia es una buena noticia para Hacienda Estrella. Pero llamarlo «inauguración» —cuando la infraestructura ya existía y prestaba servicio— desdibuja la diferencia entre construir de cero y mantener lo que corresponde mantener. Esa diferencia, mínima en apariencia, es la que permite —o impide— que la ciudadanía evalúe con precisión qué tan nueva es realmente cada «nueva obra» que el Gobierno anuncia.
¿Por qué el discurso oficial prefiere el verbo «inaugurar» en vez de «remozar», cuando es la propia documentación gubernamental la que reconoce que se trató de una remodelación?
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