Abinader vende RD en Costa Rica mientras en casa nadie compra el cuento
Mientras el presidente Luis Abinader recorre Costa Rica prometiendo a empresarios extranjeros que «este es el mejor momento para invertir en República Dominicana», millones de dominicanos viven un presente que ningún discurso en el exterior describe con precisión.
El presidente Luis Abinader aprovechó su visita oficial a San José, Costa Rica —con motivo de la toma de posesión de la presidenta Laura Fernández Delgado— para organizar, a través de la Embajada dominicana, un encuentro con empresarios costarricenses. Lo acompañaron el canciller Roberto Álvarez y la embajadora María Amelia Marranzini Grullón.
El mensaje fue, como siempre, prolijo en cifras y escaso en matices: crecimiento económico sostenido, zonas francas competitivas, turismo en expansión, energías renovables en desarrollo, 62 escuelas técnicas del INFOTEP donde antes había ocho, exportaciones diversificadas y la ambiciosa Meta 2036, iniciativa que promete convertir a la República Dominicana en país desarrollado en una década.
El problema no es que Abinader promocione su país ante inversionistas extranjeros. Eso es parte del rol presidencial. El problema es la distancia abismal entre el país que describe en el exterior y el que habitan quienes pagan luz, alquiler y comida con pesos dominicanos.
«El mejor momento para invertir»: ¿para quién exactamente?
La frase central del presidente en San José fue directa: «Este sigue siendo el mejor momento para invertir en la República Dominicana.» Es una afirmación que puede ser simultáneamente cierta para un empresario costarricense con capital en dólares y falsa para un trabajador dominicano con salario mínimo en pesos.

Según datos del Banco Central, el salario mínimo del sector privado no sectorizado ronda los RD$21,000 mensuales, cifra que, convertida a dólares al tipo de cambio actual, apenas supera los USD$350. En ese mismo período que Abinader describe como de «estabilidad económica y fortalecimiento institucional», el costo de la canasta familiar básica ha crecido sostenidamente, impulsado por la inflación acumulada, la devaluación gradual del peso y el aumento en los precios de los combustibles y servicios básicos.
Profundiza en el debate político dominicano con nuestra cobertura independiente:
Ver noticias nacionales Análisis político completo¿Es este el mejor momento para invertir? Para el empresario Rachid Maalouf, de la Corporación Lady Lee, que ya opera en el país y calificó la experiencia como «positiva y amigable», presumiblemente sí. Para la familia que vive en un barrio popular de Santo Domingo o Santiago y destina más del 60% de sus ingresos a alimentación y transporte, la respuesta es distinta.
62 escuelas técnicas: el dato que oculta la pregunta real
Uno de los argumentos más citados por Abinader en sus presentaciones internacionales es la expansión del INFOTEP: de 8 centros al inicio de su gestión a 62 escuelas técnicas actualmente. Es un dato que genera impacto en audiencias extranjeras y que merece contexto antes de convertirse en logro irrefutable.
Primero: el crecimiento en número de centros no equivale automáticamente a crecimiento en calidad, pertinencia curricular ni inserción laboral efectiva de los egresados. ¿Cuántos jóvenes formados en esas 62 escuelas encontraron empleo formal en los sectores para los que fueron capacitados? Ese dato no apareció en el discurso de Costa Rica.
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Segundo: el propio gobierno lanzó esta semana el Decreto 309-26 para crear una Comisión Ejecutiva de Transformación Educativa, reconociendo implícitamente que el sistema educativo dominicano —incluida la formación técnica— requiere una reforma estructural urgente. No es posible celebrar los 62 centros del INFOTEP ante empresarios costarricenses y simultáneamente admitir, mediante decreto, que el sistema educativo necesita rehacerse desde sus bases.
La contradicción no es menor. Es un síntoma de una gestión que construye narrativas para audiencias distintas sin preocuparse demasiado por la coherencia entre ellas.
La Meta 2036: el horizonte que nadie puede verificar
Abinader presentó ante los empresarios costarricenses la Meta 2036, iniciativa gubernamental que proyecta convertir a la República Dominicana en un país «plenamente desarrollado» para ese año. La promesa incluye fortalecimiento de la inversión, la competitividad, la innovación y la generación de empleos de calidad.
Es una visión legítima en su intención. Es también, en su formulación actual, inverificable, sin indicadores públicos específicos, sin mecanismos de rendición de cuentas ciudadana y sin un documento base accesible que explique con precisión qué significa «plenamente desarrollado» en términos medibles.
Más importante aún: Abinader no estará en el gobierno en 2036. La Constitución dominicana, modificada durante su propio mandato para permitir la reelección consecutiva, lo habilitó para un segundo período. Pero incluso en el escenario más favorable para el oficialismo, el presidente actual no gobernará más allá de 2030. La Meta 2036 es, en la práctica, una promesa que otro gobierno deberá cumplir o deberá explicar por qué no se cumplió.
Vender ante empresarios extranjeros una visión de país al 2036 sin garantías institucionales de continuidad es, en el mejor de los casos, optimismo político. En el peor, es una estrategia de imagen sin costo de rendición de cuentas.
La OCDE: el club al que quieren entrar por la puerta de atrás
El canciller Roberto Álvarez destacó en el encuentro el respaldo de Costa Rica a la aspiración dominicana de ingresar a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), tras la firma de un memorándum de entendimiento en París.
El ingreso a la OCDE es un objetivo legítimo y potencialmente beneficioso para el país. Pero requiere cumplir estándares en materia de transparencia institucional, Estado de derecho, independencia judicial, combate a la corrupción, calidad del gasto público y protección de derechos laborales que la República Dominicana, según evaluaciones independientes, aún no alcanza de forma consistente.
La OCDE no se ingresa con un memorándum y un discurso ante empresarios. Se ingresa con reformas estructurales profundas, verificadas externamente y sostenidas en el tiempo. ¿Cuáles de esas reformas ha completado el gobierno Abinader en sus casi cinco años? ¿Cuáles están en proceso verificable? ¿Cuáles siguen siendo aspiraciones? Ninguna de esas preguntas tuvo espacio en el encuentro de San José.
Los problemas que Abinader no mencionó en Costa Rica
En el mismo período en que el presidente describe ante empresarios extranjeros un país estable, competitivo y en transformación, la realidad interna registra un conjunto de problemas estructurales que ningún foro de inversión menciona:
El sistema eléctrico sigue siendo uno de los más deficientes y costosos de la región, con apagones que afectan tanto a hogares como a empresas, y una tarifa que ha aumentado de forma sostenida sin mejora proporcional en la calidad del servicio. La promesa de transformación energética lleva décadas siendo anunciada por gobiernos sucesivos.
La deuda pública ha crecido de forma considerable durante la gestión Abinader. Según datos del Ministerio de Hacienda, el endeudamiento del sector público consolidado supera niveles históricamente altos, con implicaciones directas para el espacio fiscal disponible en los próximos años.
La corrupción institucional sigue siendo un problema documentado. Casos de irregularidades en contrataciones públicas, sobreprecios en obras del Estado y cuestionamientos sobre el manejo de fondos en instituciones clave han sido reportados durante este gobierno, sin que existan condenas firmes que demuestren que el sistema judicial actúa con independencia y eficacia.
El mercado laboral muestra una informalidad estructural que supera el 55% según estimaciones de organismos internacionales, lo que significa que más de la mitad de los trabajadores dominicanos opera fuera del sistema de seguridad social, sin protección laboral efectiva y sin acceso real a los beneficios del crecimiento económico que Abinader celebra.
Nada de esto apareció en el encuentro con empresarios costarricenses. No era el espacio para ello, dirán los defensores del gobierno. Pero esa es precisamente la crítica: Abinader tiene un espacio para hablar hacia afuera y otro para gobernar hacia adentro, y los dos espacios cuentan historias que no siempre coinciden.
El empresario que ya invirtió y el ciudadano que ya pagó
Entre los testimonios del encuentro destacó el del empresario Rachid Maalouf, de la Corporación Lady Lee, quien ya tiene proyectos en República Dominicana y describió la experiencia como «positiva y amigable», resaltando la «confianza jurídica» y el «sólido marco institucional, legal y financiero.»
Es un testimonio válido desde la perspectiva de un inversionista extranjero que opera con capital dolarizado, accede a incentivos fiscales de zonas francas y tiene capacidad de negociación directa con el Estado. Pero la confianza jurídica que percibe un empresario con conexiones institucionales no es necesariamente la misma que experimenta un pequeño comerciante dominicano que enfrenta la burocracia, la corrupción de ventanilla o la lentitud del sistema judicial.
La República Dominicana puede ser simultáneamente atractiva para el gran inversionista extranjero y hostil para el emprendedor local de bajos recursos. Ambas realidades coexisten. El discurso presidencial en Costa Rica solo visibiliza una.
El vendedor de país y el país que se vende solo
Luis Abinader es, hay que reconocerlo, un vendedor hábil de su país en el exterior. Tiene presencia, datos memorizados, frases efectivas y la capacidad de proyectar confianza ante audiencias internacionales. Esa habilidad tiene valor real para atraer inversión y posicionar a la República Dominicana en foros globales.
Pero una cosa es vender el país y otra es transformarlo. Llevar casi cinco años en el poder y seguir presentando los mismos indicadores macroeconómicos como promesas a futuro, mientras los problemas estructurales —electricidad, corrupción, informalidad laboral, deuda pública, calidad educativa— permanecen sin solución de fondo, no es gestión de gobierno: es gestión de imagen.
El empresario costarricense que invierta en República Dominicana después del encuentro de San José probablemente tendrá una experiencia positiva. El dominicano que mañana pague su recibo de luz, lleve a su hijo a un hospital público o intente formalizar su pequeño negocio enfrentará un país que el presidente describió desde Costa Rica, pero que todavía no ha construido desde el Palacio Nacional.
Esa es la brecha que ningún discurso de inversión cierra. Y mientras siga abierta, el mejor vendedor del país seguirá siendo el presidente. El mejor comprador, lamentablemente, sigue siendo el ciudadano que no tuvo otra opción que quedarse.













































































