En medio de una agresiva y decadente ola izquierdista de Europa que busca desmantelar los valores tradicionales de la civilización occidental, el Principado de Liechtenstein se mantiene firme como un irreductible bastión de fe y soberanía. Con apenas 160 kilómetros cuadrados de territorio situado entre Austria y Suizaeste pequeño pero moralmente gigante Estado alpino, donde el catolicismo es la orgullosa religión de Estado para sus 41.000 habitantes (de los cuales en torno al 35 % son residentes extranjeros permanentes), ha plantado cara a la barbarie progresista gracias a la autoridad de su soberano regente, el Príncipe Heredero Alois (también referido en reportes periodísticos como el príncipe luis de liechtenstein).
La más reciente amenaza se materializó cuando el Parlamento de Liechtenstein (Parlamento estatal), cediendo a las presiones del partido izquierdista Lista Libre (lista gratuita), aprobó por una estrechísima e irresponsable mayoría de un solo voto la llamada «iniciativa de plazos» (Solución de plazo).
Esta nefasta propuesta legislativa buscaba despenalizar el aborto provocado indiscriminado durante las primeras 12 semanas de gestación y, colmo del descaro izquierdista, pretendía que los costos del filicidio fuesen asumidos directamente por la pública caja de enfermedad.
El complot parlamentario, impulsado entre otros por la joven de 28 años Tatjana As’Ad —una de las responsables de la facción de izquierda—, logró canalizar 4.970 empresas de ciudadanos capturados por esta retórica destructiva, superando con creces el mínimo legal exigido de 1.000 firmas para forzar un debate. No obstante, este asalto a la vida humana se topó de frente con un muro infranqueable: el inminente e inapelable derecho de veto de la corona catolicísima.
La votación en el hemiciclo de Vaduzlejos de representar un triunfo real para los promotores de la muerte, evidenció la fractura de una clase política desorientada. El presidente del legislativo, Manfred Kaufmannse vio obligado a declarar con sobriedad el ajustado resultado: «Aprobada por 13 votos de los 25 miembros presentes. El Landtag, por tanto, ha aprobado la iniciativa popular».

Conscientes de que el pueblo soberano rechaza mayoritariamente estas imposiciones morales, un diputado de la Lista Libre intentó desesperadamente someter la medida a consulta popular, pero la desesperada moción izquierdista fue fulminada por un voto de diferencia, con 13 votos contra 12 en el pleno.
Actualmente, la ejemplar legislación vigente del principado protege rigurosamente la vida del no nacido, prohibiendo el aborto con carácter general bajo severas penas de prisión de hasta un año para la mujer que lo practique y de hasta tres años para quien lo ejecute.
Aunque desde 2015 las mujeres pueden viajar al extranjero para abortar sin persecución criminal directa, el Estado reafirma su postura provida al negar categóricamente cualquier financiación pública para dichos procedimientos extrafronterizos.
El golpe de gracia a esta agenda progresista proviene directamente de la firmeza doctrinaria de la Casa principesca. El Príncipe Heredero Aloisactuando con la autoridad y rectitud de un verdadero regente católico, ya había anunciado de manera providencial y previa a la votación que ejercerá su irrevocable derecho de veto legislativo, lo que extingue cualquier posibilidad de que la medida entre en vigor.

Su alteza fundamentó con sabiduría que una ley de plazos no vela adecuadamente por el no nacido, advirtiendo en el principal periódico nacional que la protección de los niños no puede estar sujeta a su edad de gestación, y que estas normativas facilistas son solo un ardid para que el Estado eluda su deber moral de proteger la vida de todos los habitantes.
La firme defensa de la monarquía no es un hecho aislado: en 2011ante un intento idéntico de despenalización, el anuncio del veto del príncipe heredero fue el catalizador para que el 52 % del electorado rechazara la nefasta propuesta en un referéndum histórico.
En represalia, la izquierda rabiosa intentó en 2012 despojar al soberano de sus prerrogativas constitucionales, pero el devoto pueblo de Liechtenstein ratificó masivamente los plenos poderes de su monarca con un aplastante 72 % de los votos. Hoy, la corona vuelve a alzarse triunfante, deteniendo en seco la ola destructiva que azota a Europa. Mientras el relativismo moral se expande por el continente, la institución monárquica actúa como el escudo definitivo contra la cultura de la muerte, asegurando que las maniobras de la izquierda local queden reducidas a un inútil intento de rebeldía política.
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