En política, los escenarios regionales suelen ser el termómetro de lo que vendrá. Carolina Mejía, secretaria general del Partido Revolucionario Moderno (PRM), eligió Barahona para lanzar con toda claridad lo que muchos ya sabían: su aspiración a la Presidencia de la República en 2028. El evento fue impactante en asistencia y en retórica. Pero cuando el aplauso se apaga, quedan las preguntas que ningún escenario político responde voluntariamente: ¿qué dejó esta dirigente en el cargo que ya ejerció? ¿Puede el historial de su alcaldía en el Distrito Nacional sostenerse como plataforma de una candidatura presidencial?
El acto: presencia territorial, mensaje directo
El encuentro en Barahona congregó, según fuentes del propio partido, a representantes de diez provincias del sur del país: San Cristóbal, Peravia, San José de Ocoa, Azua, San Juan, Barahona, Elías Piña, Independencia, Bahoruco y Pedernales. La actividad es parte de un recorrido nacional de rendición de cuentas que la dirigente ha emprendido tras ocho años al frente de la secretaría general del PRM.
El mensaje político fue explícito y sin margen a interpretaciones: «Hoy quiero desde aquí decirles con absoluta claridad que seré candidata presidencial del PRM. Y Dios mediante y con el apoyo de todos ustedes en el 2028 seré la presidenta de nuestro país», declaró Mejía ante los asistentes. La frase, calculada para los titulares, busca instalar su nombre en el imaginario político con anticipación suficiente para construir una base interna antes del proceso de primarias.
«Lugares abandonados durante décadas, los transformamos. Recuperamos calles, espacios públicos, plazas y parques.»
Carolina Mejía, ante simpatizantes en Barahona, mayo de 2026Lo que el discurso no dice: la alcaldía como espejo
La dirigente invocó su gestión al frente del Ayuntamiento del Distrito Nacional como prueba de su capacidad ejecutiva. «Parte de lo que haré ya lo demostré en el Distrito Nacional», afirmó. Sin embargo, esa gestión genera interrogantes que el relato oficial sistemáticamente elude.
De acuerdo con evaluaciones de organizaciones de la sociedad civil y reportes de medios independientes, la alcaldía de Carolina Mejía enfrentó críticas persistentes en materia de gestión de residuos sólidos, transparencia presupuestaria y eficiencia en proyectos de infraestructura vial. Presuntamente, varios contratos bajo su administración fueron objeto de cuestionamiento por falta de concurso público, según fuentes vinculadas al sector gremial de la construcción. Despertar Matinal no ha podido confirmar de forma independiente la totalidad de estos señalamientos, y la funcionaria no ha sido notificada ni condenada por ninguna instancia judicial.
Lo que sí está documentado en el debate público es que la gestión municipal en el Distrito Nacional no logró resolver problemas estructurales como el caos vial, la acumulación de basura en puntos críticos de la ciudad, o la implementación efectiva de un sistema de transporte urbano articulado. Transformar plazas y parques es visible y fotogénico; transformar la cadena de servicios esenciales que afectan la vida cotidiana de los ciudadanos es otra escala de complejidad.
A esa lista de deudas pendientes se suma una de las más graves: las inundaciones de noviembre de 2023, que dejaron al descubierto la ausencia de un sistema de drenaje pluvial funcional en amplias zonas de Santo Domingo. Barrios enteros quedaron bajo el agua. Las imágenes circularon en todos los medios. La respuesta institucional del ayuntamiento fue tardía e insuficiente, según reportes de organismos de gestión de riesgos y testimonios de residentes afectados. Lo que resultó aún más revelador fue que, durante la campaña hacia la candidatura presidencial, la promesa de un drenaje pluvial moderno y eficiente apareció como eje del discurso de Mejía, es decir, como solución futura lo que debió ser prioridad de gestión durante su propio mandato. Presentar como promesa lo que era una obligación ejecutiva pendiente es, cuando menos, una contradicción que la ciudadanía tiene derecho a señalar.
El apellido como activo político y su doble filo
Carolina Mejía es hija del expresidente Hipólito Mejía, cuyo gobierno (2000–2004) quedó marcado en la memoria colectiva dominicana por una crisis económica sin precedentes que llevó al país a una devaluación histórica del peso, quiebras bancarias y un deterioro generalizado del poder adquisitivo de las familias. El legado de ese período es un dato político que sus adversarios no olvidarán invocar durante la campaña.
Profundiza en el debate político dominicano con nuestra cobertura independiente:
Ver noticias nacionales Análisis político completoEste contexto plantea una pregunta legítima que el proceso democrático debe formular sin prejuicios, pero también sin ingenuidad: ¿en qué medida el apellido Mejía ha facilitado el acceso de Carolina a estructuras de poder que, de otro modo, habrían requerido una trayectoria más larga y más probada? La pregunta no supone culpa, pero sí exige honestidad sobre los mecanismos de reproducción del poder en la política dominicana, donde las familias políticas siguen siendo un factor determinante de acceso.
Según fuentes internas del PRM consultadas por este medio bajo condición de anonimato, existen sectores dentro del partido que miran con recelo su candidatura, no por oposición ideológica, sino por dudas sobre su capacidad de articular una propuesta programática sólida, más allá del discurso de continuidad con el presidente Luis Abinader. La continuidad puede ser una plataforma, pero rara vez es suficiente por sí sola para ganar una elección presidencial competitiva.
La agenda del Sur: expectativa vs. promesa
La elección de Barahona como escenario no es casual. La región Sur concentra algunos de los indicadores de pobreza, desempleo y rezago institucional más pronunciados del país. Prometerse presidenta desde esa geografía tiene un peso simbólico que la dirigente conoce bien. Pero los presentes en el acto —alcaldes, diputados, gobernadores— son cuadros del partido, no necesariamente representantes del ciudadano común que trabaja sin electricidad estable o que espera meses para una cita médica en el sistema público.
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El reto de Carolina Mejía no es convencer a la estructura del PRM de que puede ser la candidata. Ese trabajo ya está en marcha. El verdadero reto es convencer a la ciudadanía —incluyendo a quienes vivieron bajo la gestión de su padre y a quienes evaluaron su alcaldía con ojo crítico— de que tiene las condiciones para dirigir el Estado dominicano en un momento de creciente complejidad regional e institucional.
Anunciar una candidatura presidencial con dos años de anticipación es un movimiento estratégico, no una certeza. La política dominicana ha enterrado candidaturas que parecían inevitables y ha encumbrado figuras que nadie vio venir. Lo que sí resulta inevitable es que Carolina Mejía deberá responder, tarde o temprano, no con discursos ante cuadros del partido, sino ante una ciudadanía que exige coherencia entre lo prometido y lo ejecutado. El espejo de la alcaldía sigue ahí. Y los dominicanos tienen buena memoria.
Si Carolina Mejía utiliza su gestión municipal como el argumento central de su capacidad ejecutiva, ¿no debería antes rendir cuentas públicas, verificables e independientes, sobre los contratos, resultados e indicadores reales de esa administración —incluida la crisis del drenaje pluvial que su propio mandato dejó sin resolver— antes de aspirar a gobernar un país entero?













































































