Luis Abinader señala con el dedo a Cuba, Venezuela e Irán desde el Palacio Nacional. Habla de democracia, de libertad y de cambio. Mientras tanto, en la República Dominicana que él gobierna, millones de ciudadanos viven los problemas que ningún periodista argentino le preguntó: la luz que no llega, el hospital que no tiene, el salario que no alcanza y el Estado que no aparece.
Durante su entrevista con Eduardo Feinmann para el ciclo América Habla de Infobae, el presidente Luis Abinader desplegó con soltura su agenda de política exterior: Cuba no es un Estado democrático, Maduro robó las elecciones, Irán es peligroso con armas nucleares, y la alianza con Estados Unidos es —respondió sin pausa— «¡Totalmente!»
Son posiciones legítimas en su mayoría. Algunos de sus señalamientos sobre Venezuela y Cuba tienen sustento en hechos verificables y en el consenso de organismos internacionales de derechos humanos. El problema no es lo que dice de afuera. El problema es lo que omite de adentro.
Porque mientras el presidente dominicano le explica a la audiencia de Infobae que Cuba «no es un Estado democrático» y que sus gobernantes «se están dando cuenta de que tienen que hacer un cambio», en la República Dominicana que él administra desde hace casi cinco años hay una realidad cotidiana que no cabe en ninguna entrevista que él mismo elija conceder.
Cuba no falta nada… ¿o era aquí?
Hay una canción del 2008, del sonero Héctor Tricoche, que circula en la memoria popular dominicana con una ironía que el tiempo no ha envejecido: «En Cuba no falta nada.» Una pieza que, con ritmo y sarcasmo, describe la brecha entre el discurso oficial y la vida real de la gente.
Bastaría con cambiar el nombre del país para que la canción encontrara nueva vigencia. Porque en la República Dominicana de Luis Abinader tampoco falta nada… según los discursos. Hay crecimiento del 4.1%. Hay 12 millones de turistas proyectados. Hay 5,000 millones de dólares en inversión extranjera. Hay oasis. Hay estabilidad. Hay alianza total con Estados Unidos.
Lo que hay también, pero no en las entrevistas de Infobae, es esto: apagones que el gobierno lleva cinco años agudizándolos ahora son Blackout y con más prometiendo resolver, una tarifa eléctrica que sube cada vez que baja el nivel de servicio, hospitales públicos que inauguran salas de emergencias en 2026 porque antes no las tenían, salarios mínimos que no alcanzan para la canasta básica, una deuda pública que crece sin que nadie explique con claridad cómo se pagará, y un sistema de salud donde el medicamento no está, el médico no aparece y el paciente espera.
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Abinader fue enfático al negarse a llamar «dictadura» a Cuba con esa palabra exacta, aunque admitió sin rodeos que «no es un Estado democrático.» Ante la insistencia del entrevistador, repitió la fórmula: «¡No es un Estado democrático!» Con exclamación incluida.
La posición es válida. Cuba no es una democracia. Eso es un hecho documentado por organismos internacionales, y no requiere valentía especial decirlo ante una audiencia argentina que mayoritariamente ya lo cree.
La valentía real sería responder con la misma claridad preguntas más cercanas: ¿Es democrático un Estado donde el Poder Judicial no tiene independencia real del Ejecutivo? ¿Es democrático un Estado donde la corrupción institucional no produce condenas firmes de alto perfil? ¿Es democrático un Estado donde la prensa crítica enfrenta presiones documentadas y los periodistas independientes trabajan sin garantías reales?
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No se afirma aquí que la República Dominicana sea una dictadura. Se señala que la democracia no es un interruptor de luz que se enciende o apaga: es un proceso continuo, imperfecto y medible. Y quien gobierna un país tiene la obligación de aplicarse el mismo rasero con que juzga a los demás.
«Totalmente alineado con Estados Unidos»: ¿política exterior o subordinación?
La respuesta más rápida de toda la entrevista fue la que dio Abinader cuando Feinmann le preguntó si mantiene alianza estratégica con Washington: «¡Totalmente!» Sin matices, sin condiciones, sin el menor asomo de autonomía diplomática.
Una alianza estratégica con Estados Unidos puede ser un activo legítimo para un país caribeño pequeño. Nadie ignora la geopolítica del vecindario. Pero existe una diferencia entre alianza estratégica —que implica intereses comunes negociados— y alineamiento automático, que implica subordinación.
Abinader respaldó las sanciones a Cuba, aplaudió el proceso judicial contra Maduro en tribunales estadounidenses y validó la posición de Washington sobre Irán, todo sin una sola reserva, matiz o condición dominicana. ¿En algún momento de esa alianza «total» Estados Unidos ha cedido algo a cambio? ¿Ha presionado por mejores condiciones comerciales para los productos dominicanos? ¿Ha intervenido en favor de los migrantes dominicanos en territorio estadounidense? ¿Ha exigido reciprocidad en algo?
Esas preguntas tampoco estuvieron en la entrevista de Infobae.
Los migrantes cubanos y venezolanos: números sin rostro
Cuando Feinmann preguntó sobre los migrantes cubanos y venezolanos que llegan a costas dominicanas, Abinader respondió con la fluidez de quien tiene los datos memorizados: 150,000 venezolanos con permisos de trabajo, cubanos que usan el país como puente hacia Estados Unidos.
Lo que no dijo es cómo viven esos migrantes mientras están en territorio dominicano. Las denuncias de organizaciones de derechos humanos sobre las condiciones de los centros de detención migratoria dominicanos, los reportes sobre deportaciones aceleradas sin debido proceso, y la tensión social generada por la política migratoria del gobierno —especialmente en la frontera con Haití— forman parte de una realidad que no cabe en una respuesta de treinta segundos ante Infobae.
El presidente que pide cambios democráticos en Cuba y Venezuela administra una política migratoria que, según informes de Human Rights Watch y Amnistía Internacional, ha sido cuestionada por su trato a poblaciones vulnerables en tránsito. Esa contradicción merece más que una nota al pie.
Irán, la teocracia y el espejo que Abinader no levantó
Sobre Irán, el presidente fue filosófico: «Es muy peligroso que una teocracia tenga armas nucleares.» Habló del imperio persa, de la tradición extraordinaria del pueblo iraní y de la necesidad de cambio en un régimen que, dijo, «ha sido muy duro con los opositores de su pueblo.»
Todo correcto en términos de análisis internacional. Pero hay una frase que merece ser subrayada por su ironía involuntaria: el presidente dominicano criticó a un régimen por ser «muy duro con los opositores de su pueblo.»
En la República Dominicana, los opositores no van a prisión por su ideología. Pero los ciudadanos que protestan por el costo de la vida, por la política fronteriza o por decisiones del Ejecutivo han enfrentado, en varios episodios documentados, respuestas policiales desproporcionadas, detenciones arbitrarias denunciadas ante organismos de derechos humanos y una narrativa oficial que los deslegitima antes de escucharlos.
No es lo mismo que Irán. Claramente. Pero el estándar democrático no debería medirse solo en comparación con los peores ejemplos del mundo.
El presidente que viaja lejos para no ver lo que está cerca
Hay un patrón que se repite en la gestión de Abinader y que esta entrevista con Infobae ilustra con precisión: el presidente es más cómodo hablando de Venezuela que de Montecristi, más fluido explicando la democracia iraní que justificando el precio de la luz en Los Alcarrizos, más elocuente ante Feinmann que ante el ciudadano que lleva meses esperando una cita en el sistema público de salud.
La política exterior le queda bien. Le permite proyectar liderazgo regional, alinearse con potencias, hacer declaraciones que generan aplausos en audiencias internacionales y posicionarse como voz democrática en una región convulsa.
Lo que no le queda tan bien, o al menos lo que evita con cuidado, es la política interior profunda: la que requiere reformar estructuras que incomodan a aliados, investigar corrupción que salpica a cercanos, resolver el problema eléctrico que lleva décadas sin solución real, o reconocer que cinco años de gobierno con mayoría parlamentaria no produjeron las transformaciones estructurales que el discurso prometía.
Cierre: la canción sigue sonando, con otro nombre
Héctor Tricoche cantó en 2008 que en Cuba no faltaba nada. Era sarcasmo caribeño puro: la forma en que los pueblos procesan con humor lo que el poder no quiere nombrar con honestidad.
En la República Dominicana de 2026, la canción encontraría letra nueva sin mucho esfuerzo. No falta el discurso. No falta la alianza total con Washington. No falta la foto en Infobae. No falta la condena a Maduro ni la advertencia sobre Irán.
Lo que sí falta —y lleva cinco años faltando— es luz constante en los barrios populares, medicamentos en los hospitales públicos, salarios que alcancen para vivir con dignidad, una reforma educativa que no sea otra comisión sin maestros, y un presidente que mire con la misma claridad con que juzga a Cuba los problemas que él mismo tiene la obligación —y el poder— de resolver.
Que en Cuba no hay democracia, lo sabe cualquiera. Que en la República Dominicana hay problemas urgentes sin resolver después de cinco años de gobierno, lo sabe cualquier dominicano que no viva en el Palacio Nacional.
La diferencia es que a uno lo entrevista Feinmann. Al otro, nadie lo escucha.














































































