La deuda pública suele presentarse como una alternativa a subir impuestos. Si el Estado necesita gastar más de lo que recauda, puede pedir prestado y devolver el dinero en el futuro. De ese modo, el contribuyente actual parece quedar a salvo. Pero la operación plantea una pregunta anterior: si el Estado no genera por sí mismo los recursos con los que devolverá la deuda, ¿quién asumió realmente la obligación de pagarla?
Este fue el tema sobre el que “conversé” por primera vez con Murray Rothbard, porque abordó la deuda pública desde una perspectiva poco habitual. Para él, pedir prestado permite al gobierno postergar el momento en que aparece la coerción, pero no eliminarla: detrás de la promesa de pago siguen estando los impuestos futuros.
—Profesor Rothbard, ¿endeudarse no es preferible a subir los impuestos?
—Depende de qué entienda por preferible. Como expliqué en “Concebido en libertad”el endeudamiento permite postergar el momento de la coerción. El Estado obtiene hoy recursos mediante una operación aparentemente voluntaria, porque alguien acepta prestárselos, pero promete devolverlos con ingresos que obtendrá en el futuro mediante impuestos. La coerción no desapareció; fue aplazada.
—Pero nadie obliga a un inversor a comprar un bono público.
—Al inversor, no. Ésa es precisamente la apariencia voluntaria de la operación.
—¿A quién se obliga entonces?
—Al contribuyente que tendrá que financiar el pago. En “La ética de la libertad” llevé este razonamiento hasta sus consecuencias: quien compra deuda pública está adquiriendo un derecho sobre ingresos que el gobierno espera obtener posteriormente mediante tributación.
—Sus críticos dirían que todos los Estados se endeudan.
—Que una práctica sea habitual no modifica la naturaleza económica de la operación. La pregunta sigue siendo de dónde saldrán los recursos para devolver lo prestado.
—Pero si el Estado pide prestado a ahorristas, no está creando dinero.
—Correcto. En “Hombre, economía y Estado con poder y mercado” expliqué que pedir prestado al público no es inflacionario en sí mismo. El problema es otro: ahorro que podría dirigirse hacia inversiones privadas pasa a manos del gobierno.
—¿Y por qué debería preocuparnos eso?
—Porque el capital es escaso. El gobierno compite por esos ahorros con quienes quieren destinarlos a inversiones productivas. Esa desviación reduce los recursos disponibles para la formación de capital y puede elevar las tasas de interés respecto de las que habrían existido de otro modo.
—¿Y si el gobierno se financia a través del sistema bancario?
—Ahí aparece otro problema. Cuando el gobierno obtiene financiamiento mediante la creación de nuevos sustitutos monetarios, el endeudamiento se convierte también en un mecanismo inflacionario. El nuevo dinero llega primero al gobierno y después se difunde por la economía.
—En una palabra, ¿no existe una forma gratuita de financiar un déficit?
—Exactamente. Podemos cambiar el momento y el mecanismo. Podemos cobrar impuestos hoy, absorber ahorro mediante deuda o recurrir al sistema monetario. Lo que no podemos hacer es convertir recursos escasos en recursos gratuitos.
—Entonces, cuando un gobierno anuncia que financiará determinado gasto con deuda y no con impuestos, ¿cuál debería ser nuestra primera pregunta?
—No preguntaría solamente cuánto piensa endeudarse. Preguntaría algo más elemental: quién pagará finalmente aquello que hoy parece no pagar nadie.
—Muchas gracias, profesor. Nos vemos el martes que viene.
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